Alejandro

.........cosas raras (para gente normal)

jueves 30 de abril de 2009

El ser social (?)

Si partimos de la premisa de que no hay posibilidad de concebir a un sujeto sin otro que lo reconozca como tal no hay forma de no pensar que el hombre es un ser social; hablamos entre nosotros ilusionados con la posibilidad de comprendernos, pero nos sostenemos permanentemente sobre el malentendido que está en la base de todos nuestros malestares. En estos términos, el hombre es un bicho hecho para vivir en sociedad.
Quizás rastreando un poco más y realizando algún análisis de tipo genealógico, podríamos pensar que el sujeto es social, pero no nace siéndolo. Es parte de la sociedad desde siempre; hay todo un mundo que lo espera, una sociedad establecida que habla de el desde antes que llegue. Esta sociedad le ofrece lugar y le otorga las herramientas necesarias para sobrevivir y para constituirse en tanto miembro de la cultura.
Entonces, de alguna manera, ahí podríamos ubicar el problema: ¿que es lo más valioso que la sociedad le otorga al sujeto si no es un recorte en sus posibilidades de satisfacción total? Justamente es esto lo que nos posiciona como sujetos. Como hijos del rigor, somos sujetados-a-la-ley. Ley universal que prohíbe el goce total, pero habilita a alcanzar algunos placeres por medio de nuestra relación con los otros.
Ahora bien, todo suena claro. El hombre es un ser social, porque vive en comunidad con otros “semejantes” a instancias de una ley reguladora del goce particular, que desemboca en la construcción de la sociedad. Pero, de alguna manera reconocemos en las instituciones sociales la promesa permanente de una diferenciación terminante; salvaguardar el bienestar de un “adentro bueno” de las posibles agresiones de un “afuera peligroso”. Relación hostil que se establece y se eterniza conforme las instituciones se perpetúan en el tiempo mas allá de los integrantes que las componen.
Sociedad hay, las pruebas están a la vista. Sin embargo, creo que no se establece en la relación entre “semejantes”; por el contrario, la relación es entre un sujeto y un “Otro”, algo (otra cosa) que está en permanente contrapunto con los intereses del sujeto pero de lo que, sin embargo, este no puede prescindir. Lo Otro mediante lo cual el sujeto se hace reconocer, es lo distinto a el; lo distinto es lo que reconocemos permanentemente a nivel social.
Vemos como claramente se definen los grupos por raza, religión, profesión, clase social, gustos, aficiones, etc. Motivos para establecer diferencias siempre hay; cualquier motivo sirve para perpetuar la diferenciación con el (no) semejante, porque de todas formas la diferenciación es mucho más radical y hay que pensarla en función de aquel recorte primero mediante el cual el sujeto queda atrapado por la cultura que lo estuvo esperando en su momento y lo recibió otorgándole la “libertad” de circular en la sociedad, siempre y cuando se mantenga en un estado limitado en función de la ley. Si así no lo hiciere, “marche preso”.
En definitiva, si el hombre es un bicho social, es a la fuerza; valga para no caer en la hipocresía de creer que nos portamos “bien” (no matamos, no robamos, no le comemos la mujer al amigo, no violamos y no le pegamos a los ancianos) porque queremos. Nos portamos como podemos, “hacemos el bien sin mirar el de quien”, cuando en realidad solamente evitamos sentirnos culpables después de hacer lo que “nos pinte”.


Sin conclusión...........

sábado 19 de julio de 2008

Sobre los silencios y las respuestas



“The closer I get the worse it becomes”[1]

La insatisfacción nos invade cuando la respuesta a nuestra pregunta es un silencio ensordecedor. Nuestra estructuración neurótica depende de respuestas reales y concretas. No nos sirven los “vacíos de sentido”. Preferimos siempre el amontonamiento de sonidos articulados en palabras antes que cualquier quietud auditiva. Por esta característica constitucional nuestra, no reconocemos el valor del material de análisis que nos brinda el silencio que recibimos a modo de respuesta. El silencio se manifiesta como una chicana que por un lado evita darnos los que buscamos, y al mismo tiempo nos posiciona en un lugar de relativa inferioridad ante quien mediante este artificio palabrero, nos descalifica como interlocutores.

Entendamos por silencio no solo a la ausencia de sonidos, sino también al exceso de estos. El ruido también puede encontrarse en los mismos sectores en los cuales encontramos respuestas evasivas y puede significar lo mismo. La idea es clara: someter mediante algún dispositivo lenguajero al interlocutor. Aturdirlo, dejarlo sin “ganas de preguntar”.

Llevando estas cuestiones a los marcos delimitados por la dialéctica institucional, reconocemos a los dos polos que se desempeñan invariablemente dentro de la misma: las fuerzas instituidas y las potencias instituyentes. En el choque de dichas fuerzas se establece la institución. Pese a lo que muchos demócratas de cartulina piensen, la institución no es un edificio con un cartelito simpático; es un medio creado por el hombre para regular las relaciones entre los sujetos. Es un elemento tendiendo a suavizar la relación subjetiva, conflictiva por naturaleza (entiéndase, choque de fuerzas).

Ahora podemos situarnos mejor; el polo instituyente es el que interroga y el instituido (los dos polos básicos de la dialéctica), el que responde. Cuando contesta con silencios, no deja de responder. Pero ¿Qué es lo que nos deja como respuesta? Que hay ahí “cosas que no se tocan”. Verdades “de las de verdad” que no se pueden cuestionar. Pero, si las verdades son sólidas, no temen a la cuestión; justamente, las verdades que se solidifican con el correr del tiempo, son aquellas a las cuales se las interroga permanentemente y no dejan de dar respuesta.

Los sujetos defienden por naturaleza aquella verdad que sostiene la estructura institucional que los habita. No hay en este hecho nada demasiado curioso; el asunto se vuelve oscuro cuando defiende dicha verdad, por medio de silencios. El silencio es en este punto, el más profundo acto antidemocrático. La descalificación más terminante hacia el interlocutor. Vemos este hecho en el autoritarismo de C.K[2]. que a los gritos habla de un sector como los “golpistas, oligarcas”. También en la soberbia (en sentido extra-moral) de C.K. que se protege con un tajante “son todas mentiras…..su comentario deja mucho que desear…………lo mueven oscuros intereses”.

Las cosas que no se discuten dentro de las sociedades, terminan en un total estancamiento de las instituciones. Los avances importantes no son impulsados por los buenos “alumnos” que brillan solo en función de su capacidad de repetir lo plasmado en las “sagradas escrituras” devenidas en fórmula matemática. La aceptación-resignación conduce a una solidificación de verdades que, como tales, están prendidas con alfileres. Verdades que, en definitiva no son tales. Solamente las preguntas originadas en espíritus curiosos pueden llevar al progreso de los pueblos. La pregunta también merece un párrafo aparte. No es lo mismo como interrogante un pedido de informe pedorro que, de todos modos escapa a la capacidad de comprensión de quien lo solicita y lo acerca más a un chismoso que a un revolucionario, que una cuestión surgida de la profunda necesidad de cambiar. El resultado de la primera es una transferencia de información vía fotocopiadora; la segunda, conmueve a la institución y desencadena modificaciones reales.

Aquí podemos encontrar el motivo de la descalificación; silenciar lo diferente. Lo que ocasiona el terror a los portavoces de las ideologías institucionales son precisamente estas posibles cuestiones que, al tocar elementos propios de la escala de valores que reglamenta su funcionamiento, hacen tambalear la base misma de la estructura institucional.
Para finalizar quiero dejar formulada con claridad el optimismo que me llevó a redactar este ensayo. Ante el intento de descalificación sistemática ante los cuales nos encontramos en algunas ocasiones por parte de quienes son requeridos a la hora de responder, no queda más que sentirnos satisfechos. Una descalificación (silencios o ruidos ensordecedores) es lo menos que podemos esperar cuando cumplimos con lo que pretendíamos: cuestionar verdades frágiles y sostenidas por capricho para dar lugar a nuevas instituciones, que sí funcionen y que , definidas sobre nuevos valores, estén finalmente en condiciones de dar respuestas.



Bibligrafía:
- Renè Kaës; Realidad Psíquica y sufrimiento en las Instituciones; en AAVV, La Institución y las Instituciones; Paidós; Buenos Aires; 1996.
- Sigmund Freud; El malestar en la cultura; Biblioteca Nueva, Madrid, 1981.
- Gerorges Lapassade ; Socioanálisis y potencial humano; Gedisa Ed. Barcelona, 1980.
[1]Fragmento de The Big Come Undone. Tema compuesto por Trent Reznor e interpretado por Nine Inch Nails en el álbum The Fragile editado en el año 1999 y publicado por Nothing Interescope Records.
[2] Nada tiene que ver con la marca de ropa y accesorios.

miércoles 9 de abril de 2008

Verdades institucionales y autoritarismo genético.


Una buena pregunta,
no tiene
respuesta.
Jacques Lacan



Algunos elementos para pensar los silencios desde la institución.

Donde encontramos cuestiones que no se pueden efectuar o temas sobre los que no se debe hablar porque hacen peligrar la estructura de tal o cual institución, nos sentimos insatisfechos. En cierto modo buena parte de las instituciones, si no todas, no están en condiciones de respondernos sobre algunas cuestiones. El espíritu de la institución tiende a su propia conservación; no está para responder a “todo lo que preguntemos”. Por eso podríamos decir que la institución que rechaza los cuestionamientos y elige no explicar nada con respecto a “su hacer”, porta en su “espíritu” la semilla del “autoritarismo”; al hacer oídos sordos a nuestros interrogantes, esta institución presenta en su escala de valores elementos que no se deben interrogar;
preceptos instituidos que no se prestan a ningún tipo de pregunta.

Del mismo modo, dentro del juego institucional, se ponen de manifiesto elementos que cumplen un papel instituyente; interrogan a la institución hasta el punto de encontrar algún núcleo conflictivo incontestable. Es ahí donde aparecen invariablemente, las preguntas. Cuestionamientos que derivan en dudas que encaminan a las instituciones a progresar desde su base misma. Esto es un juego dialéctico que podemos ver de manifiesto en diferentes puntos de nuestra historia. Pero, en esta dinámica institucional, este sector que apunta a las variaciones dentro de la estructura institucional, es el que se desea callar; es lo diferente a lo que se le tiene terror porque pulsa contra los valores que se instauran como mandatos. Lo diferente se silencia cuando deja de interrogar, y a eso tiende la institución que busca su propia conservación.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver el autoritarismo en todo este asunto? Pensemos en las ventajas que ofrecen los deslizamientos de sentido; mediante el “sentido común” como herramienta de análisis, se entiende por autoritaria a la identidad institucional que no interroga jamás. Es aquel que no invita a participar a los demás elementos. Esto determina que el autoritarismo en la institución se atribuya a aquel sector de la misma que más diferencias ha silenciado, o mejor dicho, que más pruebas ha superado. Pero, llegando con el análisis un poco más lejos, no es a los valores instituidos a los que les cabe la tarea de preguntar: es al otro polo del conflicto; los sectores instituyentes interrogan, y lo instaurado en el poder, responde (o tal vez, no).

Si la respuesta de la institución es “yo no soy quien debe preguntarle a ustedes”, no podemos hablar de autoritarismo; hablamos sí, de un valor instituido sólido que conoce cual es la función que le corresponde en la dialéctica institucional
[1]. Entonces, muy por el contrario a lo que el sentido común dicta, este tipo de instituidos son las que más apertura han tenido para con los interrogantes, solo que han podido responder y fundamentar su propia postura. Lo que sí podemos catalogar como verdadera-mente autoritarias, es justamente a este otro tipo de instituciones; a las que mayor sensibilidad manifiestan ante la pregunta del otro.

Como ciudadanos atravesados por instituciones, podemos ponernos de frente a las preguntas u opiniones y defendernos de ellas por medio de argumentos fundamentados en los principios de nuestra formación humana, académica o experimental. Esta actitud nos convierte a nosotros mismos en instituciones que intentan defender sus verdades; no nos convierte en autoritarios pero si habla de cual es la manera en la que nos relacionamos con nuestra verdad y nuestro nivel de tolerancia hacia las “otras verdades” (a menor tolerancia, mayor rechazo a los interrogantes). También podemos quedarnos desconformes con los comentarios o interrogantes que se nos dirigen, lo cual nos habla de lo que nosotros esperamos de las verdades ajenas. Hoy podemos ver por ahí, portavoces de ideologías institucionales (sin nombre, por supuesto) que se quedan con “mucho que desear” a partir de alguna opinión sobre su accionar.

Si una opinión contraria deja “mucho que desear”, es porque no se está en condiciones de participar en un diálogo democrático y por eso el interlocutor merece ser descalificado sistemáticamente. Pero claro, si consideramos que aquellos a quienes no los conforman las opiniones, que les dejan “mucho que desear”, no tienen nombre ni apellido, no es para preocuparse demasiado. El autoritarismo no necesita nombre; hay semi-ciudadanos que necesitan que se les dé la razón en todo, porque si no, siguen “deseando” porque nuestra palabra no tuvo el sentido que ellos consideran “común”.

Hablando claramente, hay “mucho que desear” cuando “faltan muchas cosas”. Es una relación lógica: si no hay carencia, no hay deseo de nada. Entonces, si un comentario u opinión, deja “mucho que desear”, hay muchas posibilidades de que la interpelación haya abierto grietas. Si la opinión libre no colma, es porque deja hendiduras abiertas; en estos casos, la institución tiende a desmerecer a todos los interlocutores válidos, simplemente porque le tienen terror a las preguntas porque les resultan demasiado exigentes. Solamente, interpelando se construyen las preguntas. Sin preguntas no hay progresos. Pero si la pregunta desencadena tal respuesta-sin-respuesta, es porque la verdad que sostiene a quien nos debe responder, no es sólida. Concretamente, no hay respuesta, porque quien nos debe responder no sabe nada; defiende una verdad por inercia (o por capricho). Las opiniones (cuestionamientos) resultan siempre inválidas cuando el dueño de la verdad sentencia que dejan “mucho que desear” y mucho más cuando el diálogo es con alguien que no tiene nombre, lo cual puede culminar en la total confusión de aquellos que necesitan preguntar, y no tienen a quien.

La idea de este ensayo es proponer un cambio de viraje y la propuesta es la de intentar llamar a las cosas por su nombre. Verdaderamente autoritarias no son las modalidades discursivas que se resisten al cambio (en este caso todos seríamos autoritarios); si lo son en cambio aquellas ideologías que ante una voz en su contra se levantan férreamente para contestar sin argumento alguno, pero con una total convicción de que su “verdad” no debe ser interpelada. Esa es la respuesta. A nuestra pregunta, no habrá jamás respuesta posible; nosotros sabemos que no responden porque no están en condiciones. Pero ellos se sostienen en otra verdad; la voz que se alza en contra “merece” ser desestimada, puesto que seguramente es motivada en vaya a saber qué “oscuros intereses”.

Bibligrafía:
Renè Kaës; Realidad Psíquica y sufrimiento en las Instituciones; en AAVV, La Institución y las Instituciones; Paidós; Buenos Aires; 1996.

[1] Clarifiquemos: ante la pregunta instituyente “¿por que no me preguntás nada?” la institución responde “porque sos vos el que tiene que preguntar”. Es esta una respuesta válida considerando las funciones que cada uno de los sectores cumplen en el juego institucional. Los valores instituyentes que intentan imponer su verdad y renuncian a interrogar para ser interrogados, no toleran aquello que escapa a su voluntad y por regla general abusan de su poder cuando llegan al ejercicio efectivo del mismo.

sábado 15 de marzo de 2008

Adentro, pero afuera


Nos encanta ilusionarnos con la idea de ser “libres”. Reclamamos cuando no se respetan nuestros derechos; el problema es que los reclamos siempre se despliegan en el ámbito de la vida privada”. Si salimos a la calle es “en patota”, lo cual resulta contradictorio, porque toda nuestra libertad se ve disminuida cuando “nos amontonamos”; dentro de la masa que formamos con otros sujetos, nuestra responsabilidad, nuestra implicación subjetiva se ve atemperada por la confluencia de voluntades
[1]: “vamos todos, o no va ninguno”.
Vemos como pasan cosas de las cuales nos indignamos; nos horrorizan algunos manoseos, maltratos, persecuciones, agresiones en general, y nos quejamos de eso. Reclamamos justamente, pero en la mayoría de los casos sin ningún tipo de resultado favorable porque nos incomoda salir a la luz para expresarnos. Es entonces que nuestros familiares o amigos se convierten en los destinatarios de las quejas que están formuladas para otros oídos.

¿No resulta absurdo actuar como si las cosas que no nos agradan se pueden modificar sin efectuar acción alguna?
Sentados entre amigos nos expresamos con total liviandad sobre asuntos que consideramos negativos, nos quejamos, nos lamentamos y maldecimos a cuanto político o funcionario se nos venga a la memoria (con o sin nombre propio a al alcance de la consciencia). Somos unos analistas políticos de primer nivel, siempre y cuando no tengamos que abandonar la calidez de nuestra protección doméstica.
Un ciudadano que no participa, no hace uso de su voz; no valora el legítimo derecho que su lugar en la sociedad le ha otorgado. Si no sale a la luz, nadie lo va a poder reconocer; el hombre que no nació, no es más que un feto. El hombre que no habla para otros, no sabe para que se ha inventado eso que algunos llaman “democracia”. El hombre que no intenta al menos decir lo que piensa, se queda afuera.

¿Qué tiene que pasar para que el ciudadano participe? Cualquiera diría: “le tienen que tocar el culo”. Pero al parecer, al ciudadano promedio no le molesta demasiado que lo toquen. Porque cuando alguien ejerce algún tipo de agresión fundada en el ejercicio del poder, no se queja. A lo mejor, le gusta que lo atropellen. La crítica es entonces una actividad mucho más accesible cuando somos espectadores incapaces de colocarnos en el lugar de la víctima en la escena que presenciamos. Pero, de nada sirve una defensa de la víctima, si la intensidad de las voces no alcanza al nivel del murmullo.
En sociedades donde las campañas pre-electorales ganadoras son las que se desarrollan en la clandestinidad, es decir por fuera de los marcos de la vida pública y por fuera de la vida privada, todo está dado para que sucedan situaciones de este tipo. No precisamos comprometernos en nada, ni siquiera tomarnos la molestia de participar de las actividades sociales y políticas tal como las propone el ideal democrático;
¿para que ir a preguntarle a un candidato a intendente a que se va a dedicar cuando gane las elecciones, si el candidato es el que prefiere ir casa por casa prometiendo irresponsablemente a cada uno de los ciudadanos lo que este último quiere que le prometan?
Ahora bien ¿Quién es el irresponsable? Sin pensarlo diríamos “el candidato” porque no se compromete públicamente y personaliza la promesa electoral focalizando sobre cada una de las cosas que se le mencionan para criticarlas; los fundamentos de las propuestas y de las críticas poco importan cuando se aprovecha la pasividad del interlocutor porque en definitiva,
los argumentos son los que prevalecen cuando no hay responsabilidad, cuando se carece de interés por las ideas que los soportan.

Y así pasa lo que pasa; podemos convivir con nuestra propia consciencia sabiendo que nos mienten y no hacemos nada al respecto. Vulgarmente “nos comemos los mocos”; el que calla otorga, dicen por ahí. Entonces, podemos decir que está todo bien, porque nadie dice nada; pero entonces ¿Qué pasa cuando a un empleado municipal con una disminución grave en sus facultades motrices es separado de su actividad para ser llevado al mismo lugar en el cual se desencadenó la lesión que ahora lo limita en su actividad? Nadie dice nada, debe querer decir que esta es una decisión acertada.
Discriminación o persecución política; no es mi idea ponerle título a la agresión. Pero a un individuo que ha sacrificado parte de su salud trabajando para una municipalidad y que ha formado parte del plantel de operarios que llevó a la ciudad de Valle María a ser lo que hoy es, un grupo de funcionarios amateurs lo reubican en un lugar donde su salud corre serio riesgo. Certificados médicos corroboran que hay que tomar ciertas precauciones para evitar daños mayores, por lo tanto se estuvo desempeñando en tareas que no conlleven grandes esfuerzos: reparto de correspondencia, inspección de tránsito y seguridad escolar. Aclaremos que todas estas actividades surgen a partir de las necesidades naturales que acarrea el desarrollo social, estructural y demográfico.

Preguntamos si el gobierno municipal está al tanto de esta situación; seguramente; de lo contrario, sería interesante vender su ignorancia por toneladas; realmente un “negoción”. Pero en realidad, no es eso lo que importa. Lo que es crucial es que NOSOTROS SÍ LO SABEMOS y NO HACEMOS NADA PARA IMPEDIRLO. Firmamos las cadenas que nos llegan al mail para impedir que no maten a la pulga de Birmania porque está en peligro de extinción pero miramos para cualquier lado mientras sabemos que nos están pisando de a uno.
Esta situación en la que experimentamos sensaciones nunca antes vividas y nos acostumbramos a la utilización cotidiana de términos como “discriminación”, “persecución ideológica”, “abuso de autoridad”, “clientelismo político”, “autoritarismo” amerita que el ciudadano se ponga los pantalones largos y pregunte que es lo que está pasando. Nos prendemos en disputas infructíferas y hacemos campañas por un montón de cosas que en nada nos incluyen, pero cuando tenemos que manifestarnos con seriedad, responsabilidad y apropiarnos de nuestro nombre y apellido, nos escondemos.

No acostumbramos a comprometernos; nos refugiamos en el anonimato y sacamos el cuero, chusmeamos, desparramamos puteríos; pero no usamos nuestro nombre y apellido para realizar ningún reclamo. No somos capaces de usar nuestra firma para darle respaldo a ninguna propuesta individual, por más que la consideremos válida. Pero para ir cerrando, por suerte en el mundo de las ideas no hay posibilidad de revolución sin una crisis que la anteceda
[2]; todo está dado para que finalmente, nuestra sociedad madure políticamente y aprendamos a hacer uso de la palabra y la valoremos como el mejor medio de expresión y no como la usamos actualmente: como arma de destrucción masiva del que se apoderan unos pocos operadores sin nombre, ocultos en la clandestinidad.

[1] Sigmund Freud; Psicología de masas y análisis del yo. Amorrortu editores
[2] Thomas Khun; La estructura de las revoluciones científicas;

miércoles 26 de septiembre de 2007

Para todo lo demás existe.......la palabra.

Si nos referimos a una cuestión como la segregación social, tenemos un tremendo obstáculo al intentar reconocer que es lo que limita nuestra posibilidad de construcción de lazos. El hecho concreto es que mantenemos una relación hostil con nuestro contexto y al parecer, la segregación es la vía de escapatoria: cada loco con su tema. Así lo vivimos: literalmente, “cada loco con su tema”. La estructura social se volatiliza por estos días, en los cuales las motivaciones propias de la vida privada se imponen como ideales y avanzan a punto tal de dejar reducida al mínimo las intensiones de la esfera pública. La paz social no es un bien valioso.
Los ideales que aparecen sosteniendo la estructura social están íntimamente ligados a la satisfacción personal (podríamos decir, “mezquina”) e inmediata. Pero, no estoy hablando de cualquier tipo de satisfacción personal; me refiero a un tipo de satisfacción que “de cualquier manera” debe alcanzarse. De hecho se la alcanza de cualquier manera y lo que se alcanza, resulta ser “cualquiera”. La premisa social, es la de alcanzar la gratificación por los medios mas rápidos. Un ejemplo interesante es el del dinero. El dinero muestra una libidinización particular; quien lo tiene en cantidades importantes, tiene el medio mejor para comprar toda la (supuesta) “felicidad”. Y la compra hecha!
El dinero, es el bien social por excelencia. Pero, pese a ser un bien social, forma parte de la propiedad privada. El dinero es de quien es. El éxito se mide en términos de “ganancias”, de incremento del capital. Pero, de todos modos, no creo que se trate de un efecto de la coyuntura que atravesamos; por el contrario, creo que es solamente una muestra de que tipo de determinantes ideológicos regulan la sociedad. Por estos días, la reivindicación del goce se manifiesta a nivel público en nuestra gran dificultad para vivir en sociedad, para relacionarnos, para dialogar.
Quizás, el imperativo categórico contemporáneo podría establecerse con los siguientes términos: “sálvese quien pueda”. No importa demasiado lo que nos rodea. Nos jactamos de ser “autónomos” y de hacer lo que nos plazca; rechazamos las normas establecidas, por el mero hecho de ser “normas”. En general, es un total desprecio por el orden público, al que percibimos como “limitante”. Pero nadie dice que esto esté “bien” o “mal”. El tema que se presenta como problemático, es que si estos límites se interponen entre nosotros y nuestra felicidad los rechazamos……y si no nos deparan perjuicio alguno, también los rechazamos. Sencillamente, porque “yo hago lo que quiero; si me dicen lo que tengo que hacer (aunque se corresponda con o que quiero) quiero hacer otra cosa”.
Veamos; imagino que somos inmensamente felices cuando pasamos a 120 km/h por zonas donde está reglamentado y señalizado que la velocidad máxima es de 60 km/h. O bien, es insoportable la tentación de romper el banco de una plaza o de tirar basura en la vereda. Respetar el semáforo en rojo es cosa de aburridos y bajar el volumen para no molestar al que está al lado, es de giles. Pero, también podríamos pensar que este tipo de satisfacciones no hacen a la felicidad de nadie; ahora bien, la satisfacción parece estar relacionada con la trasgresión de límites establecidos. Por más que le demos vueltas, no resulta sencillo averiguar porqué le damos la espalda a la sociedad. Vivimos en nuestro mundo y nos gusta sentir que “nadie nos ordena”.
Se vuelve necesario recordar una cuestión elemental. La base de la civilización se encuentra justamente relacionada con ese recorte, esa reglamentación impuesta (no sabemos por quien, y no importa demasiado cuando) que debemos asumir como propia para que la estructura social se establezca y se defina como tal. En ese momento de la historia podemos ubicar el origen de la cultura, que lejos de ser un bien de uso, es la característica que nos distancia de un estado “natural” que nos asemejaría a los animales. Bueno, en este momento, estamos quizás mas cerca del mundo animal que de la civilización, o al menos, parece que deseamos volver a ser bichos que andan libres y actúan por instinto.
Tenemos un basamento biológico, pero nuestra vida es mucho menos práctica que la de los animales. Nuestra relación con los objetos de satisfacción está mediatizada por esas normas establecidas en el origen de la civilización; el resultado de esa reglamentación, es el recorte de nuestra satisfacción individual. No es necesario graficar de alguna manera dicho recorte; basta con decir que para obtener algo (satisfacer una necesidad), es necesario articularlo como demanda; dicho más claramente, tenemos que pedirlo. Y ahí……..se pudre todo. Sea de nuestro agrado o no, tenemos que atravesar por el lenguaje y desplegar lazos sociales para poder alcanzar algo de la dicha que se nos escapa. Pero solamente, podemos alcanzar algo, no-todo.
Y vemos que hoy en día, hay un intento de desmentir tal realidad. No subjetivamos la condena que sufrimos por ser hablantes y recurrimos a acciones que nos ayudan a materializar nuestra protesta. No es demasiado curioso, en este contexto, que escapemos al diálogo y que nuestra voluntad para con los otros sea cada vez mas negativa. Lo que es mío, es mío, y por ser mío lo preservo y lo resguardo. La ilusión actual es la de sentir que tenemos el control de algo y que no necesitamos del consentimiento de nadie para conformar nuestro antojo. Los bienes materiales son de gran utilidad para sostener esta ilusión.
En fin, esto desemboca en un total desprecio de la propiedad pública. Vemos que los programas de televisión mas vistos en los últimos años, son los que muestran públicamente, cuestiones propias de la vida privada (los reality shows y los talk shows, por ejemplo). Lo privado se impone, como lo más interesante y lo social opera como límite a la hora de satisfacer cierto ideal según el cual “yo lo tengo todo y por el hecho de ser yo”.
Todo sería tan maravilloso si no tuviéramos que convivir con los otros. Si nos guiáramos a través del instinto todo sería mucho más práctico, menos conflictivo y solamente produciríamos lo que queremos producir. Pero, como bien sabemos, el hombre no es un bicho como cualquier otro. Entre el sujeto y el objeto que lo satisface hay un desequilibrio originario (por mas dinero que tengamos) que nos coloca a merced del eterno malentendido y nos condena a una eterna búsqueda infructífera.
Aunque alguien nos diga “llame ya! Satisfacción garantizada o le devolvemos el dinero”,
a causa de nuestra condición humana y de las características propias de la estructura del lenguaje, no hacemos más que mal-entender. Sin embargo, creemos que podemos superar este límite estructural. Nos contentamos con satisfacer nuestros caprichos cuando tenemos los medios (económicos), y cuando no está a nuestro alcance, ahorramos hasta que llegamos o cambiamos de trabajo. Y después nos sentimos pelotudamente satisfechos pensado que “no le debemos nada a nadie”.
En conclusión, no es posible reconocer un deseo producto de la articulación de un discurso capitalista que se impone y afirma la posibilidad de conseguirlo todo. Si el mercado ofrece todos los recursos necesarios para alcanzar la satisfacción, no hay sujeto que desee, no hay hendidura posible. Solo basta con tener dinero; no hace falta relacionarse fallidamente con nadie porque directamente, intercambiamos lo que creemos que tenemos por lo que creemos que queremos tener. Pero satisfacemos cualquier cosa, creyendo que sabemos que es lo que deseamos.
Pero, por suerte, la felicidad no se alcanza y mucho menos de esta manera y por estos medios. Solamente satisfacemos nuestra omnipotencia narcisista pensando que sabemos lo que nos falta para ser felices y que tenemos los medios para cumplir con nuestro deseo. Pero, siempre dependemos de una instancia superior que regula nuestros movimientos y acciones (este es el lugar que le corresponde al inconsciente, lo que no sabemos de nosotros mismos) y aunque sea por razones de fuerza mayor, vivimos en sociedad; la paz social no se alcanza sino con-viviendo. De nada nos sirve subir el volumen para no escuchar lo que nos dice el Otro.